Cuando entra el temor

Lectura: Salmo 56

En el día que temo, yo en ti [Dios] confío. —Salmo 56:3

Cuando mi hija gritó: «¡Mamá, un bicho!», miré hacia donde señalaba y vi la araña más grande que he visto fuera de una tienda de mascotas. Tanto la araña como yo sabíamos que no le permitiría quedarse en nuestra casa. Sin embargo, cuando la enfrenté, descubrí que no podía dar ni un paso para poner fin a la confrontación. Se me aceleró el pulso, tragué saliva y me dije algunas palabras de aliento. Aun así, el miedo hizo que no pudiera moverme ni un centímetro.

El temor es poderoso, y puede superar la lógica del pensamiento y generar una conducta irracional. Gracias a Dios, los creyentes no tienen por qué permitir que el miedo (a las personas, las situaciones o, incluso, las arañas) gobierne nuestras acciones. Podemos declarar: «En el día que temo, yo en ti [Dios] confío» (Salmo 56:3).

Adoptar esta postura contra el miedo es coherente con la instrucción bíblica que expresa: «Fíate del Señor de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia» (Proverbios 3:5). Nuestra perspectiva puede inducirnos a sobreestimar el objeto que nos asusta y a subestimar el poder de Dios. Cuando tenemos miedo, podemos depender de la perspectiva divina (Isaías 40:28) y confiar en que su amor por nosotros «echa fuera el temor» (1 Juan 4:18). La próxima vez que el miedo trepe a tu vida, no entres en pánico. Dios es confiable aun en la oscuridad.

Confiar en la fidelidad de Dios disipa nuestro temor.

Jennifer Benson Schuldt

Fuente: Nuestro Pan Diario

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Ver de cerca y de lejos

Lectura: Salmo 145

Cercano está el Señor a todos los que le invocan… —Salmo 145:18

Tener dos ojos sanos no es suficiente para ver con claridad. Lo sé por experiencia. Después de una serie de cirugías oculares por un desprendimiento de retina, ambos ojos podían ver bien, pero se negaban a cooperar el uno con el otro. Un ojo veía cosas que estaban lejos, y el otro, las que estaban cerca. Pero en vez de trabajar juntos, luchaban para lograr la primacía. Hasta que me prescribieron gafas nuevas tres meses más tarde, mi vista siguió fuera de foco.

Algo parecido ocurre con nuestra visión de Dios. Algunas personas se enfocan mejor en Él cuando lo ven «de cerca»; cuando consideran que está íntimamente presente en su vida cotidiana. Otros creyentes ven al Señor con más claridad «de lejos» o mucho más allá de lo que podamos imaginarnos; gobernando el universo con poder y majestad.

Mientras la gente discute sobre qué visión es mejor, la Biblia actúa como un par de gafas recetadas que nos ayudan a ver que ambas posiciones son correctas. El rey David presenta ambas perspectivas en el Salmo 145: «Cercano está el Señor a todos los que le invocan…» (v. 18), y «grande es el Señor, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable» (v. 3).

Gracias al Señor, nuestro Padre celestial no solo está cerca para escuchar nuestras oraciones, sino que también está muy por encima de nosotros con su poder que puede suplir toda necesidad.

Dios es suficientemente grande como para ocuparse de las necesidades más pequeñas.

Julie Ackerman Link

Fuente: Nuestro Pan Diario

Alas como de paloma

Lectura: Salmo 55:4-22
Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. —Salmo 55:6

David suspiraba mientras decía: «¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría» (Salmo 55:6). En mi caso, construiría una cabaña en medio de las montañas o me apostaría permanentemente en una torre de vigía. Cuando la vida me agobia, yo también anhelo salir volando y descansar.

David escribió abiertamente sobre sus circunstancias: Violencia, opresión y luchas lo acosaban de todas partes, generadas por la deslealtad de un viejo amigo (55:8-14). El miedo y el terror, la angustia y el temblor, la ansiedad y la desazón lo abrumaban (vv. 4-5). ¿Es extraño que deseara salir volando?

Pero era imposible escapar. No podía esquivar su destino. Solamente podía entregarle a Dios sus circunstancias: «En cuanto a mí, a Dios clamaré; y el Señor me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz» (vv. 16-17).

Independientemente de cuáles sean nuestras circunstancias (un ministerio agobiante, un matrimonio difícil, falta de trabajo o una profunda soledad), podemos entregárselas al Señor. Si Él cargó el peso de nuestros pecados, ¿acaso no quitará el agobio de nuestras angustias? Si le hemos confiado nuestra alma eterna, ¿no podemos entregarle nuestras circunstancias actuales? «Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará…» (55:22).

—DHR

Como Dios nos cuida, podemos entregarle nuestras angustias.